Dentro de Cefalea: el terror psicológico de Hernán C. Romero

¿Quién es Hernán C. Romero y qué lugar ocupa la escritura en tu vida? ¿Qué tipo de historias sientes que te interesa contar hoy?
Creo que, más que un escritor, Hernán es un lector. Me encantan los universos fantásticos, de terror y de suspenso. Podría pasar horas enteras listando mis obras y autores favoritos, así que la escritura en mi vida no es más que una humilde forma de rendirles tributo. Más allá del género, mi interés está en contar historias que despierten emociones auténticas en el lector y que quizás lo lleven a plantearse ciertas preguntas. Espero poder cumplir ese objetivo con Cefalea.
Cefalea parte de una experiencia física extrema, narrada con una intensidad muy poco complaciente. ¿Cómo nació la idea de convertir el dolor en el corazón mismo de una novela?
Diría que la idea nació de tomar algo puramente cotidiano y privado —el dolor físico, el aislamiento— y llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Las migrañas, particularmente las severas, tienen algo bastante difícil de transmitir a alguien que no las ha sufrido: no son simplemente un «dolor de cabeza», sino una experiencia profundamente invasiva, deformante, que altera la percepción, el humor y la forma en que uno se relaciona con los demás. Me interesaba explorar qué podía pasar si alguien que ya vive condicionado por ese dolor empezaba además a asociarlo con algo extraordinario y peligroso.
Desde las primeras páginas, el libro construye una voz muy marcada: amarga, lúcida, vulnerable y, a la vez, profundamente incómoda. ¿Cómo trabajaste esa primera persona para que resultara tan cercana y tan perturbadora al mismo tiempo?
La voz es probablemente lo más importante del libro. Yo no quería un típico protagonista heroico, y tampoco un «incomprendido puro». Me interesaba alguien capaz de generar tanto empatía como rechazo en el lector; una persona profundamente sola, herida y necesitada de afecto, pero que a la vez proyecta su resentimiento sobre el mundo de maneras injustas y desagradables. Para lograr eso trabajé mucho la honestidad emocional de la primera persona. Creo que el narrador no intenta quedar bien con nadie. Se contradice, exagera y se victimiza constantemente. Pero incluso en sus peores momentos intenta explicarse y justificarse a sí mismo. Quizás ahí es donde aparece una cercanía incómoda: el lector no necesariamente estará de acuerdo con él, pero quizás pueda entender de dónde vienen muchas de sus decisiones.
Por eso, algo importante en la novela es que nunca se busca convertir su mirada en una verdad absoluta, ni mucho menos. Las críticas al mundo corporativo, a la superficialidad o a ciertos códigos sociales nos llegan desde un punto de vista parcial. Me interesa esa tensión entre cosas que pueden ser ciertas y, al mismo tiempo, venir de alguien cuya percepción está completamente sesgada.

Hay algo muy interesante en la novela: el malestar del protagonista no proviene solo de su cuerpo, sino también de su vínculo con los demás, con el trabajo, con la ciudad y con su propia imagen. ¿Te interesaba mostrar cómo el sufrimiento físico y el emocional pueden terminar alimentándose entre sí?
Sí, absolutamente. De hecho, creo que resulta imposible separar ambos aspectos en el protagonista. El narrador ya es alguien aislado, inseguro y emocionalmente deteriorado antes de que aparezca el «don», pero vivir atrapado permanentemente en el dolor agrava todavía más esa desconexión con los demás.
El sufrimiento físico crónico es algo horriblemente desgastante: sentir que tu propio cuerpo te limita, te agota o te vuelve menos funcional que el resto es terrible. Y eso, combinado con una vida marcada por la frustración social y afectiva, termina generando una especie de círculo cerrado. Cuanto peor se siente físicamente, más se aísla; cuanto más se aísla, más obsesiva se vuelve su relación con el dolor y consigo mismo. Me parece interesante mostrar cómo alguien puede terminar construyendo toda su identidad en torno a ese malestar físico y emocional, hasta el punto de no saber relacionarse con el mundo de otra manera.
La consultora, la oficina, el subte, los almuerzos, las pequeñas humillaciones y los códigos sociales funcionan casi como una maquinaria opresiva dentro del libro. ¿Qué importancia tenía para ti que lo inquietante surgiera desde escenarios tan reconocibles y cotidianos?
Creo que el horror más efectivo es el que nace de lugares reconocibles. El lugar de trabajo, el transporte público, los almuerzos incómodos, las reuniones absurdas… son escenarios y experiencias muy comunes, especialmente en entornos urbanos y corporativos. Para mí, lo inquietante no debía surgir de un castillo gótico o de un escenario extraordinario, sino de espacios que forman parte de la rutina diaria de cualquier persona. Hay algo opresivo en ciertas dinámicas laborales modernas: la presión constante de mostrarse, venderse, parecer seguro, simpático y exitoso, incluso cuando uno está destruido por dentro.
Pero tampoco quería convertir eso en un discurso netamente panfletario. Creo que la historia no intenta vender la idea de que el mundo está mal y el protagonista tiene la razón. La mayoría de las veces, él mismo es incapaz de ver a los demás fuera de su propio resentimiento, así que la oficina termina funcionando tanto como escenario opresivo real como reflejo de sus propias inseguridades.
En Cefalea aparece con mucha fuerza el deseo de ser visto, valorado o reconocido, incluso cuando el personaje no sabe bien cómo vincularse con los demás. ¿Cuánto peso tuvo esa necesidad de pertenencia en la construcción de la novela?
Muchísimo. En el fondo, Cefalea habla bastante de eso: de personas que desean desesperadamente ser vistas y queridas, pero que al mismo tiempo son incapaces de expresarlo y establecer vínculos sanos con los demás. El protagonista desprecia muchos códigos sociales, pero a la vez los envidia profundamente por no poder ser parte de ellos. Quiere ser escuchado, admirado, reconocido. Quiere pertenecer. Y gran parte de su dolor nace justamente de percibir que los demás se mueven por el mundo con una facilidad que para él resulta imposible.
En ese sentido, el «don» termina funcionando también como una compensación psicológica. Por primera vez siente que hay algo que lo vuelve especial. Y eso es muy peligroso para alguien tan emocionalmente frustrado.
Otro aspecto muy potente del libro es la tensión entre impotencia y control. Sin entrar en revelaciones importantes, ¿te interesaba explorar qué ocurre cuando alguien acostumbrado a la frustración descubre una forma distinta de intervenir sobre el mundo?
Es uno de los aspectos clave de la historia: explorar qué sucede cuando alguien que pasó gran parte de su vida sintiéndose impotente descubre una forma de alterar la realidad a su favor. Pero, más que una fantasía de poder tradicional, me interesaba mostrar cómo ese descubrimiento puede deteriorar todavía más a una persona. El protagonista no se topa con su poder en un momento de equilibrio o madurez; lo descubre en medio de la soledad, la impotencia y la humillación acumulada. Entonces el «don» no se presenta como una liberación sana, sino como algo bastante más ambiguo.
La novela tiene una atmósfera muy particular: opresiva, urbana, íntima y por momentos casi alucinada, pero sin perder nunca del todo el anclaje en lo real. ¿Cómo trabajaste el tono para sostener ese equilibrio?
El tono surgió mucho de la voz narrativa y de los entornos cotidianos. Incluso cuando empiezan a ocurrir cosas claramente anómalas, el protagonista intenta racionalizarlas, medirlas, entenderlas desde una lógica prácticamente obsesiva. Eso ayudaba a mantener el anclaje en lo real.
También intenté trabajar el contraste entre lo banal y lo perturbador. Una charla de trabajo, una cocina en una oficina, una caminata bajo la lluvia… son escenarios corrientes, pero están atravesados por una subjetividad deformada. Me parecía importante que la sensación de extrañeza surgiera progresivamente desde adentro del personaje, no solo desde los elementos sobrenaturales.
Y creo que el dolor ayuda mucho a sostener esa atmósfera. El protagonista nunca vive el mundo de forma completamente limpia o estable; siempre hay agotamiento, tensión, irritación o ansiedad interfiriendo en su percepción.
Más allá de la trama, Cefalea parece dialogar con temas como la soledad, la ira contenida, la humillación, la culpa y los límites personales. ¿Cuáles dirías que son las preguntas de fondo que sostienen el libro?
En el fondo, Cefalea habla básicamente de alienación y de aislamiento, tanto emocional como social. Así que una de las preguntas principales es qué ocurre cuando alguien pasa demasiado tiempo sintiéndose invisible e ignorado. ¿Qué tipo de resentimiento, fantasías o deformaciones internas pueden surgir desde ese lugar? A partir de ahí, la historia ahonda en cómo manejamos nuestra ira, nuestra frustración y el deseo de control en un entorno que nos supera. Todos tenemos una interpretación propia de la realidad, sin excepciones; por eso resulta interesante plasmar esa visión desde el punto de vista de alguien que, justamente, se ha sentido apartado y menospreciado durante toda su vida.
Para quien todavía no conoce la novela, ¿qué tipo de experiencia crees que va a encontrar en Cefalea y qué te gustaría que le deje al llegar al final?
Mi deseo es que el lector se sumerja en una experiencia intensa e incómoda. No es una novela particularmente complaciente: el dolor, el resentimiento y la obsesión están siempre presentes, y no hay ganadores ni perdedores claros. Pero también me gustaría que el lector encuentre humanidad ahí adentro. Incluso en los momentos más oscuros del personaje, creo que hay emociones reconocibles con las que todos podemos llegar a empatizar: la necesidad de afecto, el miedo al rechazo, la sensación de no encajar, el deseo de ser importante para alguien.
En la novela, el dolor no aparece solo como padecimiento, sino también como lenguaje, límite e incluso forma de percepción. ¿Cómo pensaste esa relación entre cuerpo y conciencia?
El dolor es algo inseparable de la conciencia del protagonista, tanto el físico provocado por sus migrañas como el emocional producto del menosprecio. No quería presentar ese dolor como un mero síntoma físico, sino como el filtro a través del cual el narrador experimenta el mundo. En la novela, el dolor nunca es algo transparente o neutral; siempre está interfiriendo, siempre está recordándole sus limitaciones. Y cuando aparece el «don», esa relación se vuelve todavía más extrema, porque el poder y el sufrimiento quedan unidos de manera irreversible.
Me parece acertada esa asimilación del dolor a lenguaje que planteás en tu pregunta. El protagonista no sabe expresarse emocionalmente de forma sana, pero el dolor sí expresa cosas por él: ira, miedo, ansiedad, deseo de control y retribución. Y cuanto más intenta imponer su voluntad sobre el mundo, más violentamente responde su propio cuerpo. Todo tiene un costo, al fin y al cabo.
Con Cefalea, Hernán C. Romero nos invita a adentrarnos en una historia donde el dolor, el resentimiento y el deseo de afecto se entrelazan con una inquietante posibilidad: tener el poder de alterar lo que nos rodea. Una novela de terror psicológico que explora cuánto puede costarnos imponer nuestra voluntad.
Cefalea ya está disponible bajo el sello Luna Roja. Consigue tu ejemplar descubre hasta dónde puede llegar una mente herida.



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