Hernán E. Martorano: destino, literatura y ficción especulativa

Hernán Martorano

Con Siete relatos sobre el destino, Hernán E. Martorano presenta su primera obra publicada: siete historias atravesadas por la fantasía, la ciencia ficción y la reflexión sobre la libertad, la memoria, la responsabilidad y las decisiones que marcan una vida. En esta entrevista, conversamos con el autor sobre el origen del libro, sus influencias, su mirada sobre la literatura y los temas que dan forma a su universo narrativo.

Siete relatos sobre el destino es tu primera obra publicada, aunque la escritura te acompaña desde una edad temprana. ¿Qué significa para ti llegar a este lanzamiento y presentar finalmente tu universo literario ante los lectores?

Es, antes que nada, un comienzo. Y también es la culminación de un proceso. Siete relatos sobre el destino es el fruto de una polifonía de reflexiones sobre lo vivido, sobre el pasado, sobre lo que puede pasar, o volver a pasar, y las decisiones que tomamos mientras tanto.  

Este lanzamiento es entonces doblemente importante: para mí, porque es el fruto de largas cavilaciones, y porque es el punto de partida a una difusión mucho mayor que la que tuve hasta el momento.

¿Cómo nació el proyecto? ¿Los relatos fueron concebidos desde el comienzo alrededor de una misma idea o el destino apareció después como el vínculo profundo que los reunía?

El proyecto nació de una pregunta, o de un puñado de preguntas, todas ellas importantes acaso. Algunas de ellas quizás son difíciles de formular en términos simples, pero son el tipo de preguntas con las que se suele encontrar uno cuando está solo. Qué hacemos con el tiempo que tenemos, en la época que nos toca, es una de ellas.  

Con el desarrollo de los relatos he mantenido las mismas preguntas, las mismas inquietudes, los mismos dilemas, y no ha sido para dar respuestas finales. Se puede concebir una tríada entre lo que acontece, lo que uno decide y la memoria, y eso es lo que puede definirse como “Destino”, dentro de los términos que proponen mis propias narraciones.

En el libro, el destino no parece funcionar únicamente como una fuerza inevitable: también intervienen la libertad, las decisiones, las omisiones, el azar y sus consecuencias. ¿Qué entiendes por “destino” y qué lugar conserva el ser humano en su construcción?

El destino, desde mi punto de vista, es una relación. Una relación entre lo que nos toca vivir, y cómo nos paramos frente a las circunstancias. Hay algo de inexorable en él, pero es frente a lo que viene que se toman las decisiones importantes. Es una tensión que, desde mi punto de vista, necesita espacio narrativo, para mostrar los dilemas que implica vivir, lo que decidimos, y el legado que vamos dejando a lo largo de la existencia.

Siempre he tenido cierto rechazo por las concepciones deterministas de la vida, tanto las que se verbalizan, como las que son simples fatalismos, y es justamente porque gran parte de nuestra vida se construye con nuestros actos.

La obra transita por la fantasía cósmica, la ciencia ficción especulativa, la distopía, el relato metafísico y lo fantástico situado en escenarios cotidianos. Como escritor y compositor, ¿cómo trabajaste el ritmo y el orden de historias tan diferentes para que formaran una unidad?

Está claro que la obra no es una colección de cuentos reunidos al azar. Los relatos son piezas de una construcción mayor. Es un intento modesto de construir algo, como se construyen las grandes afirmaciones o las grandes polémicas: con fragmentos.

En esto existe una clara correspondencia con la composición musical, y no es casual. La música y la literatura son dos formas de aproximarse a las mismas cosas y de expresarse a partir de ellas: con partes, con instrumentos o personajes que cumplen un papel dentro de algo más grande. El orden de los relatos también responde a esa lógica: cada uno introduce una voz, una atmósfera y una intensidad diferentes, pero ocupa un lugar dentro del movimiento general de la obra.

Cuando dije que el libro se conformó a partir de una polifonía de reflexiones, fui bastante literal. He aprendido que las grandes preguntas necesitan distintas perspectivas, distintas miradas, para intentar responderse de manera lúcida, aunque solo sea parcialmente.

En El joven en el árbol se afirma que la oscuridad no siempre es ausencia de luz, sino que puede ser una decisión. ¿Cómo dialogan en este relato tu formación teológica y tus reflexiones sobre la conciencia, el bien, el mal y el valor de la existencia, sin convertir la ficción en una exposición doctrinal?

Mis reflexiones sobre el bien y el mal, la conciencia y el valor de la vida se han apoyado sobre preguntas que fueron anteriores a todo estudio académico.  También, debo decir, fueron el puntapié para que estudiara. Y se apoyan más sobre preguntas que sobre afirmaciones. He aprendido a desconfiar de mis propias afirmaciones, cuando tienen pocas palabras y abarcan demasiadas cosas.

Una exposición doctrinal revelaría varias cosas. La primera sería un menosprecio por mi propia espiritualidad. Según he entendido, una espiritualidad genuina es algo dinámico, que cambia, que dialoga con Dios, con lo trascendente, como con el mundo en el que vive. La otra sería el menosprecio por la capacidad de reflexionar de los demás, de aportar algo desde su propia voz, y de su experiencia interior. 

Creo que dejar preguntas abiertas, y abrir espacios de reflexión, son alternativas mucho más promisorias que lo que puede brindar una lista de enunciados doctrinales. No es que no tenga nada por decir, o que no tenga opiniones propias sobre el tema, sino que me parece que ciertos temas se dialoguen. No creo en un mundo donde unos hablan y otros escuchan. Creo en el diálogo, en el aprendizaje multidireccional, en la reflexión comunitaria, no solo individual.

La dama de la torre de marfil y Los monóxidas presentan sociedades que han normalizado el egoísmo, la violencia, la desigualdad y la deshumanización. ¿Hasta qué punto esos futuros funcionan como una crítica de nuestro presente?

Mis narraciones surgen en un lugar y un momento de la historia. No puedo pretender estar fuera del mundo, y mucho menos negar los males que nos aquejan a todos, y tanto más cuanto hay cosas que señalar, que revertir o mejorar. Con la lectura, las relaciones que se puedan establecer respecto a nuestro medio no serán casuales, probablemente.

Pero mi aspiración es que mis textos puedan leerse dentro de unos años y seguir siendo vigentes. Pueden considerarse una crítica hoy, y una advertencia para mañana. Sé que puede sonar pedante, pero tiene que ver con una cuestión de conciencia. Hay un momento en la vida en el que uno se pregunta sobre lo que hay que hacer, y no hay nadie más al lado, está solo uno.

En Occasio, una aparición extraordinaria transforma la vida aparentemente previsible de Mario Corigliano y lo obliga a reconsiderar su relación con el amor, la paternidad y las oportunidades perdidas. ¿Por qué decidiste encarnar la oportunidad en un personaje y situar ese encuentro en lugares reconocibles del conurbano bonaerense?

Porque las oportunidades se presentan en lugares comunes. A veces, hay que saberlas ver, asumir riesgos, animarse a ser mejores de lo que fuimos. Soy un gran escéptico de los fatalismos, y tanto más si se romantizan. Creo que hay tiempos donde las cosas se ponen realmente duras, y que las decisiones —u omisiones— asumidas por uno terminan condicionando el presente. El punto es que siempre hay esperanza cuando se está vivo, pero esa esperanza requiere coherencia, requiere actuar, caminar en pos de ella. La esperanza, como el amor, es más que un sentimiento: es también una decisión, una toma de posición ante la vida.

El presentar a un personaje como Occasio requiere, a mi criterio, tanto imaginación como verosimilitud. La decisión de presentar lo maravilloso a la vuelta de la esquina es, para mí, una postura, porque así adquiere densidad y pertinencia.   

Tanto La casa más allá del tiempo como El palimpsesto presentan objetos que conservan huellas, relatos y experiencias que sus protagonistas ya no alcanzan a comprender por completo. ¿Qué relación existe, dentro del libro, entre memoria, identidad y destino?

Creo que parte de la relación está en nuestro pasar de todos los días. La memoria define nuestra identidad. Quien no tiene memoria termina olvidando quién es, y lo digo aunque sea una obviedad, porque está justificado. El porvenir, cuando se vuelve presente, apela tanto a nuestra memoria como a lo que pensamos que somos.

En un sentido más general, el libro trabaja estas tres cuestiones, y lo hace a lo largo de todas sus páginas, y el hecho de lidiar con objetos o situaciones que nos exceden me parece parte de la vida misma. Decidir correctamente es, con frecuencia, una premisa llena de incertidumbres, y gran parte de la vida de las personas, creo yo, transcurre así.

En La marca del visitante, Beli intenta comprender las causas de los males sociales para intervenir sobre sus consecuencias y producir una transformación. ¿Dónde se encuentra, para ti, el límite ético entre comprender la realidad, intentar mejorarla y pretender controlarla?

Es una pregunta difícil, y que creo que va a seguir siéndolo, pero parte de la respuesta, creo, se encuentra en reverenciar la vida y honrarla. Desde ese lugar es de donde deben tomarse las decisiones.  

Hay que notar que uno puede hacer planes, fijarse metas, armar una agenda con lo que tiene a mano, pero nuestras lealtades, aquello que estamos dispuestos a hacer, o dejar de hacer, van a tener un peso decisivo en ello, e incluso define de dónde vienen nuestras iniciativas.  

Creo que el amor y el respeto por el otro son la única salvaguarda en una época de tecnicismos huecos, de pseudodiagnósticos y de cinismo, en medio de un estado de cosas que va cuesta abajo. La falta de aspiración a la grandeza moral es, en nuestro tiempo, un mal que precede a todos los demás.

Siete relatos sobre el destino

¿Qué autores, corrientes literarias o tradiciones de pensamiento han influido más en tu escritura? ¿Reconoces alguna de esas influencias de manera especial en los relatos que integran Siete relatos sobre el destino?

Mis influencias remiten a distintas épocas y a voces muy diferentes. Borges y Cortázar fueron importantes para mí por ese diálogo entre lo maravilloso y lo cotidiano, por la posibilidad de que lo prodigioso o lo desconcertante irrumpieran en la vida común. A Eduardo Mallea le debo, en cambio, esa particular atención a la textura atmosférica del relato: a los espacios, los silencios y el interior de los personajes, que a veces dicen tanto como los propios acontecimientos. También llevo conmigo la influencia de Sábato, por su interrogación sobre la conciencia, el mal, la soledad y las contradicciones del ser humano.

Y mencionaré también a Oesterheld. Lo leí de pibe y, más allá de la diferencia de campo y de formato, porque lo suyo era la historieta, me reveló algo que nunca olvidé: que lo local podía ser profundamente fértil para la imaginación, la aventura y la épica. La dimensión ética de su obra también fue un precedente para lo que vino después.

Entre los autores internacionales, C. S. Lewis me mostró que la imaginación puede abordar preguntas espirituales y morales sin renunciar a la narración. De Theodore Sturgeon y Ursula K. Le Guin aprendí que la literatura especulativa puede convivir con lo profundamente humano. Autores como ellos nos llevan a imaginar otras criaturas, sociedades y mundos; otras formas de existir, de ser, de percibir y de relacionarnos.

Tolkien, por su parte, fue fundamental durante una etapa de mi juventud. Me impresionaron su solemnidad bien construida y la coherencia con la que lengua, moral y estética convergen en su obra. También me permitió comprender que la profundidad del mundo narrado puede percibirse incluso cuando no se explica por completo.

No podría determinar cuánto hay de cada uno de ellos en estos relatos. Las horas de lectura terminan integrándose a la experiencia y a la identidad, a nuestras preguntas y a nuestra propia manera de ver las cosas. También estoy dejando afuera a otros autores dignos de mención, por una cuestión de espacio y de tiempo, tanto mío como ajeno. Pero creo que en Siete relatos sobre el destino puede reconocerse algo de todas esas vertientes: la irrupción de lo extraordinario en la vida cotidiana, la construcción de atmósferas, la interrogación sobre la conciencia y el empleo de lo fantástico, lo desconcertante o desmesurado para hablar de aquello que es profundamente humano.

Más allá de la escritura, ¿qué actividades disfrutas y qué lugar ocupan en tu vida la música, la lectura, la investigación y la composición? ¿De qué manera esos intereses terminan alimentando tu obra literaria?

Disfruto de pasar tiempo en familia, con mi esposa e hijo, y de una buena charla con aquellos que considero amigos. La lectura brinda grandes satisfacciones, naturalmente, pero excede el marco de la gratificación, porque es necesaria para mantener la plenitud de las facultades, para afinar el habla y la mirada sobre el mundo. La lectura es una excelente forma de mantener la cordura.

Escuchar una buena obra musical, improvisar con un instrumento, componer, también son cosas que hacen bien al alma, cuando uno las puede hacer, como todo lo que pretende ser arte y es genuino, o lo que es conocimiento y nos ilustra.   Nada de eso ha cambiado.   

Creo que la literatura se alimenta de la vida misma, no solo de la literatura, y de las demás artes, y es una relación que va en múltiples direcciones. Mis historias, las circunstancias y reflexiones que se despliegan en ellas, son el fruto de todo ello. Sin música, sin diálogos, sin libros, sin memoria, no es posible escribir algo que merezca ser leído.

¿Qué lugar ocupa Siete relatos sobre el destino dentro de tu proyecto literario general y qué continuidades —temáticas, filosóficas o narrativas— podrán encontrar los lectores en La Saga del Espejo, actualmente en desarrollo?

Sirve como una apertura oficial al público, pero es también una obra importante, en el sentido de que fue el fruto de una reflexión que decantó durante años. A lo largo de los relatos se trabajan cuestiones como el valor de la vida, la responsabilidad moral, la esperanza y la violencia sistémica, que están sobre la mesa y van a permanecer allí. En ese sentido, se puede encontrar una continuidad entre Siete relatos sobre el destino y la saga en desarrollo, y es probable que también la haya en otros aspectos. Sin embargo, el proyecto que viene guarda algunas diferencias importantes: será un arco narrativo coral y no un coro de relatos distintos, como ocurre en este caso.

Más allá de eso, encontrarán la misma posición de mi parte, y es la de presentar ficciones que sirvan para pensar y repensar lo que pasa y lo que nos pasa, así como inspirar otras ficciones, otras preguntas, otras posibilidades en el ámbito del pensamiento y del espíritu humanos. Si logro esto, tanto con este libro como con lo que viene después, me encontraré profundamente satisfecho.

Siete relatos sobre el destino marca el comienzo de una nueva etapa para Hernán E. Martorano y propone una lectura que invita a mirar más allá de lo evidente. Entre mundos posibles, dilemas éticos y preguntas sobre la existencia, el autor construye una obra que no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino abrir nuevas formas de pensar aquello que somos, elegimos y dejamos detrás.

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