Detrás de Luciente: una novela donde la fantasía dialoga con la memoria colectiva.

Héctor E Martínez

En esta entrevista, Héctor E. Martínez comparte el origen de Luciente, una obra nacida entre la memoria, la docencia, la poesía y la imaginación. El autor reconstruye el camino que dio forma a esta novela fantástica en clave política, donde la naturaleza, la identidad, la resistencia comunitaria y la literatura popular argentina dialogan con una sensibilidad profundamente poética.

¿Quién es Héctor E. Martínez y qué lugar ocupa la literatura infantil y juvenil dentro de tu recorrido como escritor?

Ante todo, es necesario decir que no tuvo un recorrido como escritor, ha sido apenas, hasta el nacimiento de Luciente, alguien que escribía esporádicamente porque lo tenía como meta desde su adolescencia. No tuvo un entorno lector en su infancia, pero sí sus padres lo hicieron socio de la biblioteca del pueblo a partir de que aprendía a leer y cuando comenzó su escolaridad. Podría decir que esa fue la puerta de entrada a la literatura, la narrativa especialmente; luego, en su adolescencia llegó Serrat y descubrió que había poesía más allá de los libros de lectura de la escuela primaria. No obstante, y para retomar la pregunta, la literatura infantil y juvenil nunca formaron parte de sus expectativas. Se encontró con la literatura infantil en la formación docente como profesor del área Lengua y Literatura. Por un lado, se conectó en la interacción con sus compañeras especialistas; por el otro, en el acompañamiento a estudiantes que transitaban por sus prácticas áulicas en el último tramo de su formación.

Su contacto con la literatura juvenil se produjo siendo profesor en el nivel secundario.

En Luciente hay una apuesta poética muy clara desde las primeras páginas: la oralidad, la repetición, el ritmo y una voz que parece dialogar con la leyenda, el cuento y la memoria popular. ¿Cómo nació esa forma de narrar esta historia?

En principio, habría que decir que la poesía es la esencia de todo arte y en este caso lo tiene la novela; pero es inherente a cualquier género literario, incluso la podemos encontrar en la calle, en una simple conversación. Respecto de la pregunta, la forma de narrar la historia de esa manera no fue premeditada, simplemente se impuso en un contexto que le fue fértil, de otro modo la poesía no se hubiera manifestado, no hubiera germinado en otro ambiente. Por otra parte, escribo poesía, de modo que me parece inevitable que conviva con la prosa cuando las condiciones están dadas.

Uno de los rasgos más singulares del libro es la identidad de Luciente, que se presenta de manera abierta: un niño… ¿o una niña?

Esta singularidad tampoco fue premeditada, Luciente se instala cuando lo llaman («dicen que había un niño» cuenta el narrador; e inmediatamente, la femineidad se manifiesta, defiende sus derechos y reclama su protagonismo: «¿o una niña?», pregunta.

¿Qué te interesaba explorar con esa decisión y qué lugar ocupa en el sentido profundo de la obra? 

Me parece que tanto el histórico machismo como el joven feminismo son realidades que de alguna u otra manera están instalados en la sociedad y son parte de la vida cotidiana, lo que hoy se conoce como género binario o binarismo de género convive con nosotros. El pensamiento de Simone de Beauvoir en este contexto.

En la novela, la montaña y el bosque no son simples escenarios, sino presencias vivas, casi parentales, ligadas al origen, al cuidado y a la memoria.¿Cómo trabajaste esa relación entre naturaleza, afecto e identidad? 

Pienso que todo eso fue facilitado por el carácter fantástico de la historia, condición que permite volar con la imaginación y sin miedo, siempre que la coherencia esté de por medio.

Por otro lado, Luciente también puede leerse como una historia sobre el territorio y su defensa.


¿En qué momento supiste que este libro debía hablar, también, de extractivismo, despojo y resistencia comunitaria?

Suelo decir que la escritura de Luciente fue mágica, como si me hubiese sido dictada. Nada de lo escrito fue planificado, solo tenía diez o quince renglones que había improvisado en una clase de segundo año de Lengua y Literatura hace muchos años. Estábamos trabajando con unos cuentos de Ana María Shúa que recreaban leyendas regionales. Como tarea propuse elegir una leyenda local y escribir con ella un cuento. Como ejemplo improvisé en el pizarrón una introducción que me dejó tan satisfecho que la copié y conservé archivada entre mis papeles, alrededor de veinte años, con la incógnita de lo que habría dentro de la montaña. Hace dos años aproximadamente, busqué la hoja para cumplir con la promesa hecha a mi hijo: terminar el cuento, porque él amaba el terror de mis narraciones orales que le inventaba por las noches para llamar al sueño. Así nació Luciente. Fue magia. Me enteré del misterio que había en la montaña al final de la historia, en el mismo momento que lo harán los lectores. Me encontré con la Agrupación Berta Cáceres cuando vi la línea de personas que parecían un collar de perlas engalanando a la montaña.

Luciente

La figura de Aqrim y, sobre todo, la de la Quimera, resultan especialmente potentes porque no presentan solo una amenaza material, sino también una forma de manipulación del lenguaje, de los medios y de la verdad. ¿Qué querías encarnar en ese personaje?

Efectivamente, la Quimera y Aqrim surgen como una necesidad narrativa de lo que estaba en desarrollo. No estaban previstos, ambos representan El Mal y la Quimera, particularmente, es un arquetipo del periodismo deshonesto. Pero al margen de esto, cuando conoce a «la niña», Luciente en el seno de la montaña, se pone en evidencia su vínculo con el poder económico y muestra una actitud lasciva para con ella, una conducta no infrecuente en esos ámbitos de poder.

Hay algo muy interesante en el libro: conviven la ternura, la fábula, la imaginación infantil y una conflictividad social y política muy concreta. ¿Cómo encontraste el equilibrio entre esos planos sin perder ni la delicadeza ni la fuerza del relato? 

Me siento muy elogiado, muchas gracias. Voy a la respuesta: sospecho que eso tendrá alguna relación con algo que se llama empatía y que forma parte de mi carácter, pero no estoy seguro; podría depender también del oficio, del vínculo que he tenido siempre con la escritura en distintos ámbitos.

Luciente

La presencia de la Agrupación Berta Cáceres inscribe el libro en una tradición de lucha ambiental y de memoria latinoamericana muy específica. ¿Qué importancia tenía para ti que esa referencia apareciera de forma tan explícita?

Es un principio ético, moral, si se quiere, una obligación de rendir homenaje a quienes luchan y ofrecen sus vidas por la defensa del medio ambiente. Hay que saber que, si bien elegí a Berta Cáceres, no me olvido de Chico Méndes ni de los cientos que anualmente son asesinados por el poder económico de las empresas extractivistas.

El cierre del libro incluye sugerencias y actividades para docentes y mediadores de lectura, algo poco frecuente en una obra literaria. ¿Pensaste a Luciente desde el comienzo también como un libro para ser trabajado en la escuela, en familia o en espacios de conversación compartida?

Luciente nació en un aula como dije, y yo aún me siento docente a pesar de que estoy jubilado; de manera que cuando escribía, mis lectores prefigurados eran estudiantes, por lo que si quería asegurar la comprensión y la interpretación debía garantizar que los lectores contaran con la información del contexto: «es imposible abordar la literatura para niños y jóvenes solo bajo una perspectiva exclusivamente literaria» sino desde una perspectiva interdisciplinaria, dice Graciela Montes. Dado un texto, hay un contexto que subyace y un intertexto con el que dialoga y sobre ellos es necesario trabajar, también son parte de la historia.

Luciente invita a leer, imaginar y conversar: una historia que puede disfrutarse en familia, en la escuela y en todo espacio donde la literatura abra preguntas sobre el mundo que habitamos. El libro ya está disponible.

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